Si te dejas llevar por el “todo o nada” o el “de perdidos al río”, y si además le das demasiada importancia a las expectativas que la gente tiene sobre ti, puede que estés arruinando tu vida sin darte cuenta.

El origen de este sesgo cognitivo

Cuando hablamos de costo hundido, básicamente nos referimos a un coste o inversión realizada en el pasado, que ya se ha perdido y no se puede recuperar, y que en el presente nos afecta en la racionalización y toma de decisiones.

Cuantos más recursos invertimos en algo (dinero, tiempo, esfuerzo, etc.) más nos unimos a ello emocionalmente y más cuesta desprenderse de ello.

Si fuéramos suficientemente racionales tras una pérdida y nos abstrajéramos de nuestras emociones y apegos, haríamos simplemente un análisis objetivo, valorando lo que hemos invertido, lo que hemos perdido y la no conveniencia de seguir persistiendo en algo que no tiene solución y es irrecuperable; dado que evitamos de este modo otras oportunidades y posibles ganancias.

Aunque es un término utilizado mayormente en economía, es aplicable a todo en lo que invertimos durante nuestra vida. Es más, vendría muy bien para explicar por qué crece el apego y la dependencia emocional insana en las relaciones interpersonales llegando a intentar salvar lo insalvable, porqué nos atamos a un trabajo sin proyección que nos hunde, o por qué estudiamos algo que no nos gusta, etc.

Lo que se produce es un importante sesgo cognitivo de carácter negativo, derivado de la poca capacidad de aceptación de las pérdidas y la baja tolerancia a la frustración, sumado a una sobrestimación del potencial positivo al idealizar una posible salvación de las pérdidas.

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo

Por qué aparece

Algunas de las teorías más aceptadas en relación a este problema tan común podrían ser las siguientes:

  1. Aversión a la pérdida: no nos gusta la idea de perder (Wilson, Arvai y Arkes, 2008).
  2. Teoría del compromiso: nos comprometemos con algo sin importar su costo (Kiesler, Nisbett y Zanna, 1969).
  3. Teoría de la disonancia cognitiva: intentar dar sentido o justificar un costo exagerando los beneficios (Festinger, 1957, 1961).
  4. Teoría prospectiva y marcos de pérdida: enmarcar el cambio como una pérdida en lugar de ganancia (Kahneman y Tversky, 1979).
  5. Miedo a desperdiciar: querer demostrar que no fue un desperdicio, por lo que intentamos permanecer esperando que las cosas mejoren (Arkes, 1996; Arkes y Blumer, 1985).
  6. Inercia de inacción: es más fácil no cambiar que iniciar el cambio, en parte por temor al arrepentimiento inmediato (Gilovich y Medvec, 1994; Gilovich, Medvec y Chen, 1995)

La ausencia de recompensa hace que sea desconcertante, hasta que reconozcamos que la interpretación negativa de un posible cambio, así como la necesidad de darle sentido y explicar el pasado nos mantienen atrapados en un rumbo difícil de sostener.

Por ejemplo:

  • Somos incapaces de tirar algo, aunque no lo usemos o esté hecho una mierda, porque nos costó caro, y nos hemos atado emocionalmente a ello.
  • Somos incapaces de asumir una pérdida económica pasada e intentamos seguir persistiendo en recuperarla (por esto mismo se van a pique empresas pequeñas y se gesta la ludopatía).
  • Somos incapaces de romper un vínculo afectivo cuando éste se ha deteriorado, no funciona y nos perjudica más que beneficia, por el tiempo invertido en crearlo previamente.
  • Somos incapaces de dejar un trabajo, estudios o conductas que objetivamente sean perjudiciales para nuestra salud mental y nos provoquen una profunda insatisfacción, e incluso infelicidad.

En definitiva, algo va mal y tenemos la absurda necesidad de hacerlo funcionar porque ya llevamos con ello un tiempo o nos ha costado ciertos recursos, aunque no los vayamos a recuperar. Intentamos retener la inversión porque no somos capaces de aceptar que ya está perdida. Tememos los cambios (mecanismo de defensa quizá ante lo desconocido).

Esto nos provoca la tendencia a continuar esforzándonos por algo aunque nos haga infelices. Tenemos miedo a pensar que fue un error, que perdimos tiempo o dinero. E incluso a veces, tememos las opiniones negativas de la gente.

Cómo influye en la nutrición o el ejercicio

Como hablamos de salud mental, es necesario autorregularse emocionalmente y ser capaces de racionalizar, para tomar decisiones que nos beneficien, o para frenar algo a tiempo y minimizar así las pérdidas o problemas.

Aunque no haya una relación causal directa, si puede empeorar situaciones donde el individuo presenta patrones de conducta obsesivos.

A la hora de hablar de la influencia de este sesgo cognitivo sobre nuestra relación con la comida, ejercicio o imagen corporal, habría que tener en cuenta también otros factores predisponentes a conductas problemáticas como un sistema de recompensa cerebral alterado, el plano educativo, cultural, económico, etc. (no hay relación de causa efecto, si puede empeorar una situación existente).

Por lo tanto, este sesgo, a su vez influirá en la toma de decisiones en el plano deportivo, o a la consecución de objetivos cualesquiera vinculados con la alimentación e imagen corporal.

Algunos ejemplos de cómo nos influye este miedo al que pasará ante una decisión diferente, sumado a la culpabilidad por abandonar o al sentimiento de pérdida tras no proseguir con todo lo invertido (coste económico, tiempo y/o esfuerzo).

  • Seguir una pauta dietética que deja de ser efectiva o que simplemente es restrictiva y no nos motiva ni disfrutamos, lo que hace que no obtengamos resultados y encima no nos sintamos bien llevándola a cabo.
  • Permanecer con un entrenador o entrenamiento sin ver resultados,

O por ejemplo, evitar el sentimiento de culpabilidad por desperdiciar recursos que pasarían a ser costos hundidos:

  • Comprar comida o ir a un restaurante, y comer más de la cuenta por intentar amortizar ese coste que hemos asumido como perdido, si no aprovechamos toda la comida o si comemos poco.
  • Seguir entrenando en condiciones muy adversas psicológica y/o físicamente, que no permitan un estímulo adecuado, porque se considera un compromiso y abandonar un día de entrenamiento a mitad o no ir se considera un día perdido. Cuando en realidad igual se necesita un descanso físico o mental para poder estar al 100%.

Al final se trata de un auto sabotaje en muchas formas, y una  falta de equilibrio y congruencia entre nuestras decisiones e inversiones, que pueden favorecer la aparición de problemas de conducta alimentaria o de percepción de la propia imagen corporal, por ejemplo, al auto justificarse o sentirse comprometido con una forma excesivamente rígida de hacer las cosas, tener mucho apego a ciertas creencias y mitos, sentir como un paso atrás al cambiar de método, falta de objetividad o sentimiento de culpabilidad.

Todo ello influye para continuar haciendo lo mismo aun deseando resultados diferentes, provocando inmovilidad e incapacidad para cambiar y tomar las riendas de ciertas situaciones clave para nuestra salud física, pero sobretodo mental.

Es una trampa

Siempre se ha considerado la perseverancia como algo positivo, admirable e incluso sinónimo de éxito, personal o profesional. El problema es cuando se nos va de las manos y se torna algo autodestructivo.

Infinidad veces la seguimos en algo a regañadientes aunque no nos guste, ni motive, ni aporte, sólo por el hecho de lo que ha costado empezarlo, lo que hemos invertido en ello, o la incertidumbre ante una decisión diferente, aunque esta pudiera ser mejor para nosotros.

Es decir, estaremos auto engañados y auto saboteándonos sin quererlo, aunque parezca raro, para protegernos. A veces queremos seguir el plan aunque no funcione, porque no entendemos la idea de pagar por algo sin obtener el resultado esperado. También reaccionamos ante el arrepentimiento instintivamente, o incluso intentamos demostrar a los demás y a nosotros mismos que no estamos equivocados o que somos capaces de recuperar la pérdida (ego is everywhere).

Hacemos cosas irracionales, y sentimos la absurda obligación de defender nuestras inversiones incluso cuando vamos en nuestra propia contra, pudiendo acabar sintiéndonos culpables, lo que al final nos perjudica psicológicamente mucho más que el simple hecho de haber asumido y soltado a tiempo, cambiando nuestro propio rumbo a tiempo mediante decisiones diferentes.

Aprender la lección

Existe la teoría de que respondemos mejor a inversiones pequeñas y constantes sostenidas en el tiempo, que nos generen sensación de compromiso a largo plazo, que a inversiones únicas mayores inicialmente. De este modo mantenemos la inversión en primer plano y la recordamos con cierta frecuencia.

Cuando invertimos mucho de golpe en algo, tendemos a olvidarlo porque queda más lejano en el pasado. Aunque se trate de algo muy importante para nosotros.

Por ejemplo, sabemos que los equipos de gimnasio casero suelen quedar de adorno o en el mejor de los casos como tendedero; también que la gente que paga todo un año de gimnasio anticipadamente como si fuera una oferta jugosa acaba yendo menos o dejando de ir que quien paga mensualmente (las cadenas de gimnasio lo saben).O cuando compramos un coche en lugar de pagarlo a plazos, una casa de alquiler u otras muchas situaciones cotidianas que pasan a ser costos hundidos que acaban en  un segundo plano.

Esta sería una forma de darle la vuelta a estos costos hundidos, ya que manteniendo en primer plano nuestra inversión mantenemos la motivación y el compromiso con la misma, somos más consistentes.

Esto mismo ocurre cuando se pretende cambiar de hábitos, ya que sabemos que pequeños hábitos enfocados poco a poco, resulta algo más probable de materializar y mantener que pretender un cambio enorme de golpe a largo plazo.

Olvidar el error

Es vital cambiar la perspectiva, no ser tan duro con uno mismo, favorecer el autocuidado, ser indulgentes y entender que errar está en nuestra propia naturaleza. Desprenderse del miedo a la incertidumbre, animarse a correr el riesgo, ser proactivos y ponerse a prueba. Total, lo peor que puede pasar es que aprender una valiosa lección.

Para ello algunos consejos:

  1. Ser positivos y realistas. Asumir las pérdidas y los problemas derivados. Enfocarse en el lado bueno, aunque sea difícil, valorando lo que se ha obtenido, aunque sea sólo y exclusivamente el aprendizaje vital derivado de esa mala acción.
  2. Buscar apoyo de nuestro entorno personal, asesoramiento o ayuda profesional externa. A veces sólo con tener una opinión ajena, generalmente más objetiva que la nuestra propia, nos hará cambiar la perspectiva, o cuanto menos ampliar nuestras miras. También aprenderemos nuevas herramientas para gestionar la pérdida, así como enfocarnos en nuestro potencial. Si, soy muy pesado, pero la psicología ayuda y está para mucho más de lo que se cree.
  3. Vivir en el presente. La solución puede que no la tengamos delante, pero si pasa por conectarse más con nuestra parte consciente, y eso empieza con estar más presente aquí y ahora. Dejar de ir en automático. ¿Qué te está aportando ahora mismo seguir insistiendo en intentar recuperar lo perdido? Porque hayamos entrado en algo importante no quiere decir que no podamos salir. Todo pasa por no pensar tanto en el pasado, que ya no está, aunque hayamos perdido y joda; ni por supuesto en un futuro que desconocemos por completo y que debido a nuestro sesgo tenderemos a visualizarlo con más optimismo de la cuenta. Técnicas como el mindfulness o la meditación mostraron resultados positivos en la toma de decisiones y la hora de abandonar costos hundidos pasados (Hafenbrack, Andrew C., et al. “Debiasing the Mind Through Meditation: Mindfulness and the Sunk-Cost Bias.”,  2014).

En resumen, el dicho de “a veces una retirada a tiempo es una victoria”, se cumple con mucha más frecuencia de lo que creemos. De hecho, hay investigaciones que muestran como aquellos que abandonan objetivos inalcanzables tienen mayor bienestar (Ntoumanis, Nikos et al. “Self-Regulatory Responses to Unattainable Goals: The Role of Goal Motives.” , 2014)

Obviamente, abandonar algo puede ser frustrante, hacer sentir mal, generar culpabilidad, ansiedad. Pero cuando ya no tiene solución, por mucho que lo pretendamos, si lo soltamos nos libera, favoreciendo una mejor salud mental. Aferrarse a una oportunidad perdida nos impide ver el potencial futuro de otras oportunidades. Es cuando surge el momento de hablar del coste de oportunidad.

“Cada crisis, además de representar un peligro, también ofrece una oportunidad”, por lo que cada pérdida implica una potencial ganancia: Si nos obsesionamos con algo perdido estamos dejando de lado el posible futuro positivo de otras cosas. Además de inevitablemente conducirnos a conductas rígidas y poco flexibles, lo que interfiere directamente en la propia sostenibilidad del esfuerzo a largo plazo y la toma racional de decisiones.

El fracaso no existe realmente como tal, sino que es algo que confundimos con la posibilidad de aprender una lección. Y es esta lección la principal ganancia obtenida en cada crisis, por fuerte y dolorosa que ésta sea.

El coste de oportunidad: rendirse sí es una opción

Elegir algo siempre implica renunciar a otras cosas. Aun cuando decides no hacer nada, estás decidiendo, y al mismo tiempo perdiendo oportunidades de hacer otra cosa, probablemente mejores. Nunca lo sabrás.

Por ejemplo, puedes tener un trabajo que te da mucho beneficio económico, pero que implica una dedicación de 12 horas diarias, invirtiendo incluso tiempo en casa y quitándote tiempo para otras cosas realmente importantes, como cuidarte a ti mismo, pasar tiempo con amigos o familia, viajar, hacer ejercicio, desconectar, etc.

En términos económicos, el costo de oportunidad es el valor de la mejor de todas las opciones a las que estás renunciando.

Por eso descapitalizarse es una mala idea casi siempre. Por ejemplo, si comprándote un coche de 40k que tienes ahorrados implica tener que dejar de salir con familia y amigos, viajar, etc. Aunque todo es cuestión de prioridades vitales, en las que interviene directamente el esquema de valores de la persona, su educación, nivel cultural, etc.

U otro ejemplo, si en lugar de tirarte 10 años con un asesoramiento dietético y de entrenamiento, aprendes a hacer las cosas y sacas provecho de dicho trabajo que estás pagando en pocos años, tomándote en serio el proceso de aprendizaje, en un par de años podrías estar valiéndote por ti mismo, sabiendo como debes comer y entrenar para tener una composición corporal y salud óptimas.

Es por esto último, por lo que no quiero clientes para toda la vida. Creo que la mayor satisfacción en esta profesión es ver que alguien deja tus servicios habiendo aprendido y sabiendo valerse por sí mismo, y que pese a ya no necesitarte, ha mejorado y sigue haciendo las cosas bien con el paso del tiempo.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta no sólo el propio coste de la decisión principal, o las pérdidas obtenidas, sino las consecuencias a largo plazo de tomar una decisión o persistir con algo para intentar recuperar las pérdidas.