Para entender la epidemia de obesidad, entre otras cosas hay que remontarse millones de años atrás para valorar la herencia genética y la evolución de nuestra dieta: cómo nos hemos adaptado a almacenar energía para sobrevivir y cómo nuestro cerebro fue interiorizando diferentes respuestas ante el acto de comer, no sólo desde el punto de vista fisiológico y metabólico, sino también hedónico. 

Solemos pensar que el acto de comer es algo racional y fácilmente controlable, pero se nos olvida que como otras conductas básicas para la supervivencia tiene mucho de automática, instintiva y emocional.

En general, las señales del entorno influyen sobre cuanto y cuando se come, y no solemos percatarnos con facilidad de dichas señales (1). Algunos ejemplos que se han podido observar en diferentes estudios:

  • Las personas que se sirven más cantidad de comida, COMEN MÁS, independientemente de su peso, del tipo de comida, horarios o composición de las mismas (2-6). 
  • Se puede comer más si el envase es más grande, aún teniendo peor sabor (7).
  • A medida que el esfuerzo por comer disminuye la cantidad de comida ingerida aumenta (8).
  • La simple visión de comida también hace que se coma y se coma más (9,10).
  • Cuanto más larga sea la comida, más se come (11).
  • La cantidad de comida está directamente relacionada con el número de comensales (12).
  • Se puede comer simplemente porque sea la “hora de comer” y no porque se tenga hambre. Además de seguir comiendo hasta que se acabe la comida, ya que parar requiere un esfuerzo consciente (13).

Es normal que los comportamientos principales para la supervivencia sean automáticos (y que éstos a su vez generen placer y sean reforzadores primarios de la conducta). Debido a que nuestra evolución ha girado en torno a consumir suficiente comida para sobrevivir no es de extrañar que estemos programados para comer mientras tengamos comida a nuestro alcance.

Pero que el hecho de comer sea una conducta automática no significa que no podamos abstenernos. Simplemente requiere esfuerzo, aunque éste sea sustancial y casi imposible de sostener a largo plazo. Por lo tanto, rechazar la comida requiere un esfuerzo mental, suficiente para agotar en cierto modo la capacidad cognitiva necesaria para un proceso posterior (14).  Nuestra capacidad de autocontrol sobre las conductas automáticas (como comer) es limitado, nos fatigamos mentalmente y se compromete nuestra capacidad para realizar otras tareas (15). 

Esto estaría directamente relacionado con lo que denominamos “fatiga de dieta” (el hecho de que nos cansemos mentalmente al intentar restringir y/o controlar lo que comemos y terminemos fracasando). Por ejemplo, se ha visto como las personas que estaban “a dieta” y que eran frustradas con un problema imposible de resolver acababan aumentando su ingesta (16). Esto entonces, podría suponer que la alta demanda mental que supone “estar a dieta” explicase el patrón habitual de pérdida de peso y recuperación posterior (17). 

Debemos aceptar que el entorno influye notablemente sobre nuestra alimentación, y que ésta en gran medida es un comportamiento automático. No podemos culpar a la fuerza de voluntad para ser incapaces de mantener una dieta, cuando es más probable que el principal responsable sea nuestra respuesta automática heredada a tantísimos estímulos para comer, viviendo en un entorno con una oferta constante y excesiva de alimentos muy ricos y calóricos.

Basándonos en este argumento, podríamos predecir que los alimentos más disponibles y visibles, y que requieren un menor esfuerzo para consumirse se verían favorecidos, aumentando su consumo, tal y como ha pasado en las últimas décadas.

Para terminar, todo esto puede ayudarnos a entender un poco mejor, el problema de la obesidad (en parte, ya que sabemos que es multifactorial) y que quizá la gente sigue engordando aún queriendo adelgazar porque hablamos de conductas automáticas profundamente arraigadas en nuestro subconsciente, que en otras épocas de la evolución fueron herramientas muy útiles para la supervivencia.

Del mismo modo, podríamos valorar que hay estrategias que podrían ser más efectivas que las utilizadas hasta la fecha, como podría ser disminuir la accesibilidad, visibilidad, exposición y señales a las que estamos expuestos en nuestro entorno y que promueven una alimentación en exceso y nada saludable. También sería interesante reducir el tamaño de las porciones a la venta, limitar la venta de precocinados y snacks en colegios y centros de trabajo, y por supuesto reducir e incluso eliminar la publicidad de comida, especialmente cuando ésta no sea saludable.


Referencias

  1. Wansink B. Environmental factors that increase the food intake and consumption volume of unknowing consumers. Annu Rev Nutr 2004;24:455-79.
  2. Diliberti N, Bordi PL, Conklin MT, Roe LS, Rolls BJ. Increased portion size leads to increased energy intake in a restaurant meal. Obes Res 2004;12(3):562-8.
  3. Levitsky DA, Youn T. The more food young adults are served, the more they overeat. J Nutr 2004;134(10):2546-9.
  4. Rolls BJ, Morris EL, Roe LS. Portion size of food affects energy intake in normal-weight and overweight men and women. Am J Clin Nutr 2002;76(6):1207-13.
  5. Rolls BJ, Roe LS, Kral TV, Meengs JS, Wall DE. Increasing the portion size of a packaged snack increases energy intake in men and women. Appetite 2004;42(1):63-9.
  6. Rolls BJ, Roe LS, Meengs JS. Larger portion sizes lead to a sustained increase in energy intake over 2 days. J Am Diet Assoc 2006;106(4):543-9.
  7. Wansink B, Kim J. Bad popcorn in big buckets: portion size can influence intake as much as taste. J Nutr Educ Behav 2005;37(5):242-5.
  8. Painter JE, Wansink B, Hieggelke JB. How visibility and convenience influence candy consumption. Appetite 2002;38(3):237-8.
  9. Wansink B, Painter JE, Lee YK. The office candy dish: proximity’s influence on estimated and actual consumption. Int J Obes (Lond) 2006;30(5):871-5.
  10. Wansink B, Painter JE, North J. Bottomless bowls: why visual cues of portion size may influence intake. Obes Res 2005;13(1):93-100.
  11. Feunekes GI, de Graaf C, van Staveren WA. Social facilitation of food intake is mediated by meal duration. Physiol Behav 1995;58(3):551-8.
  12. de Castro JM, Brewer EM. The amount eaten in meals by humans is a power function of the number of people present. Physiol Behav 1992;51(1):121-5
  13. Tuomisto T, Tuomisto MT, Hetherington M, Lappalainen R. Reasons for initiation and cessation of eating in obese men and women and the affective consequences of eating in everyday situations. Appetite 1998;30(2):211-22.
  14. Baumeister RF, Bratslavsky E, Muraven M, Tice DM. Ego depletion: is the active self a limited resource? J Pers Soc Psychol 1998;74(5):1252-65.
  15. Baumeister RF, Muraven M, Tice DM. Ego depletion: a resource model of volition, self-regulation, and controlled processing. Social Cognition 2000;18(2):130-50.
  16. Baucom DH, Aiken PA. Effect of depressed mood in eating among obese and nonobese dieting and nondieting persons. J Pers Soc Psychol 1981;41(3):577-85.
  17. Rosenbaum M, Leibel RL, Hirsch J. Obesity. N Engl J Med 1997;337(6):396-407.