Lo que a continuación expongo no es más que un resumen y análisis de lo expuesto por Naomi Klein en su libro “La doctrina del shock”, además de una posterior interpretación desde una perspectiva psicológica y sociológica, para terminar con una breve opinión personal. Con esta entrada no pretendo sentar como dogma las teorías de la autora. Simplemente se trata de un trabajo realizado para el Máster de Neurociencia Terapéutica (ICNS), y que me ha parecido interesante compartir, además de ser una invitación a pensar, tener espíritu crítico y cuestionarse absolutamente todo lo que nos cuentan, más si cabe cuando hay dinero y grandes intereses políticos por medio.

¿QUÉ ES “LA DOCTRINA DEL SHOCK”?

Para entender el concepto y sus connotaciones psicosociales, hay que conocer el contexto científico y socio político en que surge lo que la periodista y activista anti-globalización Naomi Klein daría a conocer como tal:

Fue de la mano de Ewen Cameron, un psiquiatra escocés que participó en la evaluación psicológica de Rudolf Hess en los Juicios de Nuremberg, y que posteriormente en Canadá dirigiría una serie de estudios e investigaciones (“Experimentos de Montreal”), donde intentaban provocar una desviación y regresión de la personalidad, mediante una reprogramación y borrado del cerebro, para inducir cambios en pacientes con diferentes trastornos y así generar cambios permanentes en su personalidad y comportamiento.

Para ello usaron curas de sueño con diferentes sustancias, incluido LSD, y terapia de electroshock, llegando a extremos nunca antes utilizados en cuanto a número de sesiones, además de privación sensorial y terapia conducción psíquica (siguiendo los trabajos previos de D. O. Hebb, el cual no era partidario del uso que posteriormente se le daría) mediante mensajes repetidos infinitamente.

El problema fue la premisa teórica de Cameron: la idea de que antes de curar al enfermo, todo lo que existe en su mente debía eliminarse sin excepción. Estaba seguro de que si borraba los hábitos, costumbres, pautas y recuerdos de sus pacientes, lograría algún día alcanzar el prístino estado mental de la “tabula rasa”. Pero a pesar de lo mucho que se esforzó, drogando, desorientando y aplicando tratamientos de choque a sus pacientes, jamás lo consiguió, sino todo lo contrario: cuanto más insistía, más destrozaba a los sujetos de sus estudios.

En plena guerra fría, estos experimentos llamaron la atención de la CIA y surgió la colaboración de Cameron y posterior financiación, a través del proyecto MKULTRA. Como era de esperar, la CIA utilizó estos avances neurocientíficos para llevar a cabo diferentes tipos de interrogatorio y tortura de prisioneros.

Aparece entonces el Capitalismo del Desastre, de la mano de la Universidad de Chicago, y su referente Milton Friedman (Nobel de Economía, 1976). En resumen, sus ideas económicas se basaban en un capitalismo salvaje, más puro y desregulado, el neoliberalismo, el libre mercado, etc. Y éstas requerían de estrategias políticas y sociales muy claras para establecerse: aprovecharse del desastre económico y social para implantarse, o lo que es lo mismo, una terapia de shock económico y social.

Del mismo modo que la terapia de shock de Cameron dejaba a los pacientes destrozados, los shocks geopolíticos han impulsado históricamente a las sociedades a aceptar un capitalismo radical, que beneficia a las oligarquías y grandes corporaciones mundiales, al aprovechar las crisis reales o percibidas (incluso en muchas ocasiones convenientemente provocadas) para cambiar el sistema desde dentro.  Borrar el pasado e introducir nuevas ideas.

Se creaba una economía basada en el miedo, basada en el saqueo sistemático del sector público después de un desastre, cuando la gente está demasiado ocupada haciendo frente a la emergencia y a sus problemas diarios, para proteger sus intereses.

Hay ejemplos de cómo diferentes eventos históricos han tenido ese efecto de shock necesario en una población, para implantar el cambio desde dentro: golpes de estado como el de Pinochet (con la colaboración de USA y Friedman), ataques terroristas como el 11-S, la propia caída de la URSS, hasta Guerras como la las Malvinas, Afganistán o Irak, además de importantes recesiones o cracks económicos, sin obviar grandes desastres naturales de todo tipo. Estos grandes shocks colectivos han supuesto grandes oportunidades para la privatización, la especulación y el cambio de paradigma político, económico y social hacia un capitalismo exacerbado, incidiendo de forma dramática sobre la producción y construcción social, generando enriquecimiento para determinadas élites al tiempo que crece la desigualdad social.

PERSPECTIVA PSICOSOCIAL

Con los correspondientes shocks económicos, sociales y políticos la sociedad enfrenta situaciones que generan gran miedo, estrés e incertidumbre, provocando una gran sensibilización afectiva hacia las señales de amenaza tanto reales como percibidas en el entorno.  Puede darse desde una percepción inconsciente y paulatina de pérdida de estatus socio económico hasta emociones más conscientes por ver peligrar la supervivencia o no poder garantizar necesidades básicas. Esto hace inevitable y lógicamente que cambien nuestras prioridades desde un plano más social hacia mayor individualismo.

A este afecto negativo contribuye la manipulación y desinformación mediática, así como los cambios interesados en los esquemas de moralidad de la población y mensajes polarizados. Además, sabemos que una población que crece en este entorno de incertidumbre y bajo nivel socioeconómico, será mucho más maleable neurológicamente, al tener menor capacidad  y desarrollo en lóbulos frontales, así como mayor activación en amígdala y otras áreas involucradas en conductas socioemocionales y sociocognitivas. También se producen cambios epigenéticos que conducirán a mantener una fuerte reactividad emocional y mayor sensibilidad ante potenciales amenazas. Es decir, un cerebro alerta que no puede atender a otras formas de bienestar porque no tiene garantizada la supervivencia.

También encontramos como el aparente altruismo y cooperación de grandes empresas y corporaciones para con el pueblo, además de los propios gobiernos, genera la falsa sensación de seguridad al pensar que se trata de una conducta colectiva de ayuda desinteresada. Es decir, se confía crédulamente en los discursos populistas y en la buena intención del ser humano, cuando en realidad hay grandes intereses económicos y políticos detrás.

Por otro lado, la pérdida de Identidad sociocultural y familiar, favorecida por la falta de significado individual, aumenta el sentimiento de soledad, que a su vez conduce a mayor individualismo, narcisismo y el consumismo. Además, los intereses de las grandes capitales y corporaciones van de la mano de la globalización y la industrialización, conllevando también a retroalimentar la pérdida de recompensa social, pérdida de roles, ansiedad social y la inestabilidad personal.

Esto a su vez produce una dependencia institucional y cambios en los sentimientos de afinidad, por lo que a mayor individualidad, menor reciprocidad, empatía y cooperación social, lo que conduce a suplir el bienestar producido por un cerebro social equilibrado, con otros bienes de consumo y necesidades más gratificantes a corto plazo, pero menor garantía de bienestar personal a largo plazo.

CONCLUSIONES Y REFLEXIÓN PERSONAL

En resumen, el shock no sólo aparece cuando pasa algo malo, si no también cuando perdemos nuestra identidad social y cultural, porque nos desorientamos debido a que otros problemas mayores nos ocupan.

Cobra gran importancia aquí el mantenimiento de nuestras relaciones sociales, algo implícito en nuestra naturaleza y necesario para el ajuste neuropsicológico. Por ello es probable que entre los intereses capitalistas y corporativistas esté precisamente el “atacar” aquello que nos humaniza, desincentivando nuestro cerebro social, porque de este modo tienen garantía de poder implantar medidas económicas y políticas que les asegure su aumento de poder y enriquecimiento.

Podríamos extrapolar todo lo analizado en la “Doctrina del Shock” sin duda alguna a nuestros días, donde la crisis mundial de la COVID-19, mediada por el miedo, la alerta social y la incertidumbre económica, está suponiendo un cambio de paradigma en la forma de organización social.

Estamos siendo testigos de cómo el modelo capitalista, de libre mercado y globalista, está enfatizándose y conduciendo, de la mano de los gobernantes, hacia una especie de distopía, que está siendo aprovechada como revolución tecnológica y social.

Personalmente, me ha hecho pensar y cuestionarme algunas cosas, sin caer en juegos populistas, alarmistas o “negacionistas”. Sino desde una perspectiva psicosocial y “revisionista” de la historia reciente, así como de la coyuntura económica y política de la que estamos siendo testigos y partícipes. Ojalá todo quede en un susto y no suponga una merma para nuestro cerebro social en la evolución cercana de nuestra especie, ya que supondría la pérdida de gran parte de nuestra naturaleza humana como seres profundamente sociales.